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La Buena Vecindad 2019

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La Buena Vecindad es un modelo de intervención psicosocial dirigido a adolescentes de 10 a 16 años que tiene como objetivo disminuir su incidencia en conductas de riesgo para contribuir a su desarrollo humano óptimo. El modelo de intervención que utilizamos tiene 3 componentes: formación de facilitadores, desarrollo de capacidades en Organizaciones de la Sociedad Civil afiliadas y un proceso formativo con los adolescentes. Estos 3 componentes se trabajan y desarrollan constantemente. Adicionalmente, la Buena Vecindad toma a los derechos humanos, las cuestiones de género y la participación y protagonismo infantil como los ejes transversales del modelo de intervención.
Para llevar a cabo dicho modelo, colaboramos con casas hogares y centros comunitarios, en los que trabajamos talleres semanales con los adolescentes, buscando desarrollar 5 habilidades para la vida: manejo de emociones, autoconocimiento, toma de decisiones, relaciones interpersonales y comunicación asertiva en torno a temas formativos y preventivos. La metodología a través de la que desarrollamos las habilidades de los adolescentes, de los facilitadores que imparten el taller y de los cuidadores que están a cargo de las casas hogar en la Buena Vecindad son el juego y las actividades artísticas y recreativas.
En enero 2019 empezó el diseño y la implementación del proyecto. El trabajo directo con los adolescentes duró 8 meses, en los cuales se abordaron los temas de sexualidad, cuestiones de género y consumo de sustancias. En enero 2020 comenzó la segunda etapa de la Buena Vecindad, con las mismas organizaciones, pero con algunos adolescentes diferentes. Con base en los resultados que se obtuvieron, se tomó la decisión de seguir utilizando la misma metodología, pero con distintos temas como violencia escolar y familiar, crisis socioambiental y prevención de riesgos en redes sociales.
El desarrollo general que siguen las sesiones es el siguiente. Las sesiones empiezan con un “ritual de iniciación” para darle estructura al taller y a los adolescentes a la vez. Posteriormente, se llevan a cabo juegos y actividades artísticas o recreativas, siempre acompañadas de una reflexión que los lleva a construir el conocimiento y consolida el desarrollo de las habilidades. Para cerrar la sesión se realiza una actividad que les ayude a los adolescentes a resaltar los conocimientos que aprendieron y las habilidades que lograron mejorar.
El desenvolvimiento de los adolescentes en general es muy participativo y activo. La mayoría de las veces lo encuentran divertido y eso permite que se motiven e involucren en las actividades. El taller busca estar lo más apegado a su realidad, con el fin de generar un aprendizaje significativo. Al mismo tiempo en que imparten las sesiones, los facilitadores se están formando y desarrollando, porque no hay sesión en la que dejan de aprender, de buscar herramientas para resolver problemas, de generar estrategias de contención de las emociones, de pensar en cómo pueden conocer al otro para generar vínculos más positivos, en pensar qué les gusta a sus adolescentes para que la siguiente sesión sea más enriquecedora, entre otras.
El trabajo del facilitador es un reto y desarrollo continuo, y para esto se necesita una guía. La Buena Vecindad no solo se queda en los espacios de las casas hogares o centros comunitarios, sino también en el equipo que la facilita. La Buena Vecindad se ha construido con el equipo de trabajo que cuenta cada 8 o 15 días con una supervisión en donde, acompañados por una psicóloga del equipo, se aborda lo que sucede en las sesiones, se genera un espacio de contención para las emociones de los facilitadores, se toman decisiones importantes para las sesiones futuras y se analiza lo que es mejor para las necesidades de la población que participa en los talleres.
Por otro lado, los cuidadores que trabajan en las organizaciones han hecho saber que el espacio de la Buena Vecindad ha sido sumamente enriquecedor para ellos, ya que aprenden nuevas estrategias de manejo de grupo, motivar a los adolescentes, relacionarse con ellos, y conocer nuevos juegos y actividades que pueden hacer durante toda la semana o en cualquier otro momento. También mencionan que poco a poco ven la Buena Vecindad dentro de los espacios, en el sentido de que ha mejorado la convivencia entre los adolescentes.
La Buena Vecindad se ha ido construyendo durante las sesiones, pero también ha permeado y ahora también está en el espacio de las casas hogares y centros comunitarios. La Buena Vecindad la construimos todos, por lo tanto, todos somos responsables de que se genere y logre en nuestros espacios de convivencia; ¿cómo? velando por el bienestar personal y de los que me rodean.
Hannah Gallo
Responsable pedagógica de La Buena Vecindad